Gracias a la juntanza

by: José Daniel Palacios Restrepo

Fotos: Santiago Díaz @Ruido

Dios le prometió a Abraham una tierra de miel y leche, no sabía que con sus palabras sellaría también una promesa que le daría la vuelta al mundo. Ese Dios de otra parte desconocía que su mensaje haría que tantas familias despojadas de su futuro cruzaran sus propios desiertos hasta llegar a la tierra prometida.

Foto: Santiago Díaz @Ruido

 Ahí, en medio de las casas de madera que se han ido construyendo con el paso del tiempo, vive Lola -como todos conocen a Lina-. En su barrio habitan cerca de 30.000 personas como ella, que llegaron un día para no irse. Al principio, todo el que trabajaba recibía un lugar en la tierra que al mismo tiempo era de todos y de nadie. Pero que siempre fue administrada por un colono, que llegó primero que los otros y ya tenía parcelada la montaña.

Vender empanadas, sacar bancadas para aplanar el terreno, ayudar a construir una casa. Cada quien hacía mérito para tener un lugar que se sintiera propio. Incluso, en medio de la ilegalidad que supone la disputa territorial en el que según Colombia Informa, es el tercer asentamiento más grande del país, a esta tierra al norte de Medellín en el municipio de Bello y ubicada entre los predios del Hospital Mental de Antioquia y de otras fincas cercanas, le tocó aprender que la ausencia del estado tendría que significar la presencia de sus propios habitantes; con sus destrezas, sus necesidades y su imperativa necesidad de salir adelante.

 Lola, con sus vecinos, entendió que el estado se tomaría demasiado en llegar y mientras tanto, nada que no construyeran con sus propias manos iba a dejar de ser más que un sueño. Por eso para que el barrio exista, tuvieron que nacer primero los lazos que unen a cada familia con algo más que la tierra; lo que les dice que se merecen agua potable y luz eléctrica; que nadie debería pasar necesidad, que un plato de comida es indispensable para todos y que al final del día hay que tener derecho a la ciudad, a la cultura, al ocio. Son esos los mismos lazos que han reconstruido una y otra vez los hogares que se pierden en cada desastre, porque ese es el riesgo de vivir en un lugar donde las administraciones no se hacen cargo de sus responsabilidades: la lluvia tumba las casas, las condiciones incendian sus pertenencias, la violencia les quita sus logros.

 En esta tierra prometida todo lo que existe tuvo el trabajo de su gente. Para Lola, una líder social joven, que impulsa iniciativas como Metámosle mano al barrio, todo lo que se ve en la infraestructura ha necesitado de las manos de quienes deciden hacer algo por sí mismos y por los otros: desde las casas de los mayores, las vías en cemento que conectan cada calle, hasta sus esfuerzos por tener escuelas e iniciativas culturales que han sido el resultado de horas de trabajo, mesas comunitarias y esfuerzos conjuntos.

 Cada aspecto de la vida que se da por resuelto en otros lugares de la ciudad, requiere que Nueva Jerusalén mueva sus hilos de solidaridad: para que las verduras que alguien lleva a un precio más asequible logren llegar desde el sector de La Paz hasta la casa más lejos; para que el último adulto mayor pudiera tener por fin luz eléctrica después de años de vivir en la penumbra y en las otras formas de asegurarse electricidad; para que haya un festival de cine o un convite. Así es como Lola asegura que mientras las formas de opresión -que favorecen las condiciones de vulnerabilidad- se organizan, las formas de resistencia también deben hacerlo. Y la vida en comunidad es su camino para lograrlo.

 Por eso es que cada día de convite, por ejemplo, es un ejercicio de juntanza. Cada persona que participa lleva sus herramientas y al mismo tiempo se monta la olla comunitaria como una manera de compartir no sólo el trabajo, sino también los alimentos, de lograr lo que sea para todos o para el que lo necesite, pero juntos.

 Entre la Nueva Jerusalén de Suramérica y el paraíso que un día prometió Dios, no hay muchas diferencias: mientras allá es la tierra sagrada de tres religiones en una constante disputa por el poder, aquí es una pelea administrativa de quienes se niegan a definir de su presupuesto para estandarizar la dignidad humana. No hay grandes templos para encontrarse con Dios pero cada día es una súplica para que alguien reconozca que la tierra de la que despojan a los campesinos en algún lugar, la tienen que reponer; y al final, como si hiciera falta, los dos lugares que un día se crearon para proveer un piso debajo de los pies a todos los que lo necesitaran, sufren de la violencia de quienes disparan para controlar lo que sucede en sus cuadras, para adornarse con la ilusión de poseer algo, para dictar sus propios intereses sobre los demás y deshacer la promesa original.

 Allá, como aquí, hay personas detrás de los titulares de las noticias. Lola, por ejemplo, no cree en las revoluciones que prometen grandes cambios, pero sí en los procesos que según ella suceden en una dinámica distinta a la del capital, ese que exige producir a un ritmo acelerado, el mismo que termina por desconocer los desafíos de transformar una comunidad que en muchas ocasiones solo tiene en común su desarraigo. Por eso sus tiempos se detienen en cada esfuerzo, mientras olvidan las promesas que otros les hicieron y logran hacerse a unas más factibles y que le hagan justicia a la realidad.

Foto: Santiago Díaz @Ruido

José Daniel Palacios Restrepo

Medellín, Colombia, 1999., Comunicador social - Periodista

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